“Un día, mientras me peinaba, se me ocurrió que las diferentes tonalidades de mi cabello eran las huellas de vidas anteriores. Algunos cabellos eran más gruesos que los demás. Mechas doradas, cobrizas y de color paja tornasolaban mi melena rubia. Me dio por pensar cuántas otras huellas habían dejado mis identidades precedentes, qué partes de mi cuerpo, qué rasgos de mi personalidad en los que ahora me reconocía me habían pertenecido a mí, siendo otra en otro momento, en otro lugar, en otra vida. Así, pincelada a pincelada, se habría pintado mi retrato a través del tiempo, y ahora todas ellas configuraban una imagen, una personalidad y un estilo de vida que formaban la persona con la que entonces me identificaba. A lo largo del tiempo, cada una de mis existencias precedentes había añadido algo, pero era siempre yo, transcendiendo el tiempo, evolucionando en cada experiencia de vida. ¿Cuál sería mi aportación? ¿Cómo serían las pinceladas en el retrato que trascendía tiempo y espacio?

 

Seguramente, aunque no recuerdo bien, me divirtió imaginar que mi pelo encerraba la huella de países y épocas de los que yo recibía, a pesar de desconocerlos por completo, unos rasgos físicos, una personalidad, unas habilidades que constituían mi identidad de entonces.

 

Con esa imagen medio vaporosa, medio ensoñada, mi impulso vital parecía extenderse ilimitadamente desde el presente, en dirección de un pasado olvidado y de un futuro desconocido.

 

 Qué fácil resultó satisfacer mi ansia de perennidad, aunque fuera por un momento. Bastaron sólo las mechas de mi pelo para que yo me convirtiera en la protagonista de una novela romántica que imagina que en su vida convergen otras tantas y así borra sus límites, para no morir nunca.”

 

--Sònia Aguilar Maqueda (de su libro, “Mi Viejo Enemigo”)

 

 

 

 

 

 

“One day, while combing my hair, it occured to me that the various tonalities of my hair were traces of earlier lives.  Some strands were thicker than the rest.  Highlights the color of gold, copper and straw shone in my blonde mane.  It made me reflect on how many other traces had been left by my earlier identities, which parts of my body, which features of my personality in which I now recognized myself had belonged to me, being another in another moment, in another place, in another life.  Just so, brushstroke by brushstroke, my portrait had been painted through time, and now all of them created an image, a personality and a lifestyle that formed the person with whom I then identified.  With the passage of time, every one of my earlier forms of existence had added something, but I was always me, transcending time, evolving with every experience in life.  What would I receive from them?  Which would be the brushstrokes in the portrait that transcended time and space?

 

Surely, even though I don’t recall it perfectly, I enjoyed imagining that my hair captured the traces of nations and eras from which I had received, despite the fact that they were completely unknown to me, physical characteristics, a personality, talents that constituted my identity then.

 

With this fleeting, drowsy image, my life force seemed to extend without limit from the present, toward a forgotten past and an unknown future.

 

How easy it was to satisfy my anxiety of eternity, even if only for a moment.  The highlights of my hair were enough to transform me into the protagonist of a romantic novel who imagined that in her life converged other lives so as to erase all limits, so that she would never die.”

 

--Sònia Aguilar Maqueda excerpt from her unpublished memoir, “Mi Viejo Enemigo”)

 

(Translation by Hugh Siegel)

 

No te olivdo yo, Sònia.  No te olivdamos, nadie de nosotros.

 

Oprima aquí para visitar la página Web de Sonia/Click here to visit Sonia’s Web site